Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

jueves, 12 de enero de 2012

De nuevo viva

Empezar de nuevo duele pero, a la larga, puedes apreciar que fue lo mejor. Cuando rompemos los lazos que nos unen a algunas personas rasgamos con ello nuestro corazón, y duele. Las heridas te impiden sonreír, la ilusión se pierde hasta el punto de olvidar como se respiraba. La mayoría de las cosas se disipan, solo queda una, es dolor en forma de un hilo de acero que está quemándote por dentro. No puedes pensar en nada más que no sea eso. Te tiras al abismo de la desesperación y, a medida que caes, vas recordando todos esos recuerdos que tanto te cuesta olvidar, te das cuenta de que siguen allí, o que es lo peor, que nunca se irán del todo. Ese pensamiento te hace abatirte, te caes al duro suelo, pero el golpe físico no duele si estás muerto por dentro, simplemente pasas a ver el mundo con otros ojos. La imagen ya no es nítida, un velo de lágrimas te impide distinguir los pequeños detalles que te pueden revivir… solo existe el dolor y el insoportable deseo de cambiar las cosas.

Las noches se hacen eternas, el tiempo parece detenerse justo en el segundo en el que se rompió tu corazón; no, por mucho que lo intentes las manecillas no avanzan, es como vivir ese instante una y otra vez. Te sientes invisible para los demás y no sabes cómo remediarlo, todo es complicado y no encuentras solución… Es entonces cuando te das cuenta de que el dolor se ha convertido en ese segundo eterno que te impide vivir.

Sintiendo la impotencia, te resignas a las hechos, dejas de luchar, pero a pesar de todas las derrotas aun conservas una pequeña llama de la esperanza, aun crees que las cosas pueden mejorar.

Un día como otro cualquiera ves que todo cambia, el tiempo que parecía pausado ahora marcha bien y todo a tu alrededor es diferente. Sin saber cómo sonríes y lo haces con ilusión. Te extrañas tanto de hacerlo que intentas esbozar de nuevo una sonrisa, para comprobar que no es una mera fantasía. Y funciona. El dolor comienza a cesar y el velo de lágrimas desparece tiñendo tu mundo de nuevas tonalidades. Parece que por fin todo tiene sentido y que ya puedes dejar de fingir alegría para comenzar a vivirla. Los latidos del corazón se frecuentan, y los ojos se llenan de nuevo de esa deslumbra ilusión. Desprendes optimismo, porque comprobaste que el sufrimiento desaparece, porque viste que por fin la situación cambia, porque no te arrepientes de la decisión que tomaste y que tantas lágrimas te costó. Todo va bien. Y sonríes, y vuelves a sonreír. Aun te cuesta creerlo, por lo tanto, de vez en cuando miras la hora para comprobar que las manecillas siguen en movimiento que todo funciona y que ese punzante segundo que parecía que iba a dudar para siempre se va alejando, apenas quedando su recuerdo.

Es extraño sentir como las heridas se cierran (puede que las lágrimas sean un buen remedio para ello), como por fin puedes admitir que de verdad te sientes bien, que no hay nada que te impida sonreír, que todo es, simplemente… perfecto. Cuando el dolor cesa sientes algo nuevo, algo que dejaste de sentir por mucho tiempo, es la felicidad que te inunda de nuevo. Es cuando te das cuenta de que esa felicidad te resucita, sientes que estas vivo de nuevo.

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