Y lo peor es por la noche, cuando te quedas a la deriva de esos recuerdos. Entonces, ellos, te arrinconan y te van desgarrando el corazón poco a poco. Te presionan, te quitan el sueño dejándote en compañía de la soledad. Intentas cubrirte con la manta, dormirte y transportarte a un mundo de fantasía e ilusión, pero no, no te dejan. Te rodean y con la ayuda de sus garras te arrastran al precipicio de la desesperación que desde hace tiempo se va llenando con tus lágrimas. Allí, de nada sirve gritar porque la voz solo retumba entre huecas paredes ensordeciéndote, recordándote que estas solo.
Buscas soluciones, intentas pensar en otra cosa, pero fracasas porque esa clase de recuerdos se hace cada vez más fuerte, se alimenta del miedo y de la desesperación. Vienen por la noche y consiguen trasladarte a la peor de tus pesadillas sin la necesidad de dormirte. Siempre están allí, esperando que te acuestes para poder empezar su tarea, se esconden en los rincones, en cada sombra de tu habitación y solo salen para alimentarse, porque tus lágrimas es lo que necesitan para vivir.
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