Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

jueves, 12 de julio de 2012

La eterna culpable


Injusticia. El sentimiento es demasiado profundo como para pasarlo por alto. Algo dentro de ti se arruga y te hace estremecer. Son las cicatrices del corazón que se unen para provocar más efecto sobre ti. La mente se llena de preguntas que nunca podrán ser contestadas. Son demasiadas, pero también imposibles de razonar. La estrategia fue preparada con detenimiento y tus principios, sí esos estúpidos esquemas mentales, te impiden actuar para detenerlo. Al pensarlo te das cuenta de que carece de sentido. Te niegas hacer algo para detener la injusta situación, pero entonces te acuerdas de la imagen que proyectas hacía exterior. Se te hace imposible hacer algo para negarte a la decisión tomada que, gracias a tu silencio, se convierte en inevitable.
El odio se esparce por tu cuerpo y sabes que no podrás escapar de su efecto. Lo peor de todo no es el origen del odio sino su objetivo. Comienzas a odiar tus silencios, tu incapacidad para actuar, para decir que no, para contrastar tu disgusto, para callar a los demás, para mostrar tu opinión más sincera. Atacándote a ti mismo no consigues nada, las garras de la injusticia te rodean y sabes que la culpa es tuya.

Te sientes mal por querer cambiar algo sabiendo que solo tú lo ves injusto. Entiendes que nadie más comprende tu punto de vista y eso acaba hundiéndote. No lo entiendes, le buscas explicación aun sabiendo que no la habrá. No en este caso y eso hace que te derrumbes. El apoyo de los demás desaparece cuando cambias de opinión, pero ¿qué más puedes hacer si se trata de tu felicidad? ¿Por qué no puedes ser egoísta por una vez?
Lo entiendes al darte cuenta de que nada cambiará, cuando ves que la culpa de todo el sufrimiento se halla en ti. En cada silencio, en cada mirada desviada, en cada verdad no dicha, en cada sonrisa que carecía de una completa felicidad. El comportamiento que pusiste por norma ha empezado a destrozarte pero, por uno de los principios morales, sigues sonriendo mientras tu almohada absorbe las injustas lágrimas que derramas por las noches.

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