Ni todos los monstruos viven en nuestros armarios, no todos los infiernos existen fuera de nuestro hogar, ni todo el dolor se escapa de nuestra mirada. Hay demasiadas cosas que decidimos no ver, no mostrar u ocultar de los que nos rodean. Algunas cosas nunca podrán ser explicadas, la decisión de callarnos nos permite creer en un futuro mejor, aunque para ellos se necesite algo más que un simple pensamiento difuso.
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Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

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