Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Carta personal


Ya estoy acostumbrada a escribir cartas que nunca serán recibidas. Es una carta sin destinatario. Puede que sea porque me dirijo a mí misma, escribo cosas que tengo miedo de pronunciar, pero que tanto me hace falta admitir. Lo más irónico de todo es que hay cosas que evito afrontar, temo ser franca conmigo misma por miedo al dolor que eso podría  causarme. Pero ¿sabes? ¿Acaso se puede sufrir más? Bueno supongo que sí, pero cada uno tiene su medida de sufrimiento.

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