Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

viernes, 31 de agosto de 2012

Anhelada libertad


La ligereza se adueña de ti y parece que te elevas del suelo. Las cosas han cambiado, pero hay algo mejor. Sabes que tú y solo tú has provocado ese cambio y entonces sonríes. Sientes que ahora todo es diferente, que por fin has alejado esa parte de tu pasado que abría viejas heridas sin que pudieras evitarlo. Lo sorprendente es que esa sensación parece acunarte tranquilizándote del todo. Lograste llevar a cabo lo que te propusiste, cumpliste la promesa que te hiciste. No volverás a sufrir por ese motivo, acabas de eliminar un recuerdo oxidado que te impedía ser completamente feliz. El vacío que dejo se te hace incómodo, pero sabes que volverás a llenarlo con nuevos recuerdos y entonces sigues adelante, con un paso más firme y una sonrisa auténtica en tus labios porque sabes que acabas de hacer algo importante, que acabas de desechar una parte del pasado que te impedía respirar con libertad.

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