Los dedos tamborilean por las
teclas, tus sentidos se concentran en la pantalla mientras que tratas de
ordenar todo lo que piensas para plasmarlo sobre el papel. Escribes todo que se
te pasa por la cabeza sobre ese tema, te olvidas del mundo que tienes alrededor,
tan solo estás tú y aquello que sientes. El corazón acelera su ritmo cuando
nota que estás expresando las mayores verdades sobre un trozo de papel y hay
algo que te hace sonreír. Nunca sabes lo que te hace sentir tan bien, pero no
te importa. Sabes que está sensación es cuanto necesitas para sentirte un poco
mejor. Quien iba a decir que esto iba a convertirse en una especie de droga que
te permite filtrar el aire que respiras, que te ayuda a aclarar los que piensas
y preguntarte cosas que nunca atreverías a decirte en tu mente. Sobre el papel
las cosas están un poco más claras, puedes fiarte de aquello que dices.
Lo cierto es que es una sensación
increíble salvo por una cosa, al acabar algo dentro de ti cambia. Ya no te
sientes igual y eso parece confuso. Sabes a qué se debe y que sin esta
sensación escribir no sería igual. No te gusta definirla porque su mención
provoca más incomodidad, pero has de acostumbrarte a ello. Es el vacío. El
vacío que sientes cuando dejas parte de ti en el papel, plasmada en las
palabras que salen de tus dedos casi sin pensar, palabras que nunca pasan por
la boca, palabras que la mente muchas veces se niega a admitir. Aquella
sensación de pérdida es temporal, con el tiempo admites que tan solo te paraste
a copiar aquello que pensabas, ya que la verdadera esencia de los que eres está
dentro de ti.
Damos otra vida a nuestros
pensamientos, los copiamos en un papel sabiendo que son partes de lo que somos,
de nuestras vidas, son nuestras sonrisas perdidas y lágrimas que olvidamos hace
muchos. Nunca deberíamos olvidar que escribiendo los pensamientos cobran una
nueva vida reflejando lo que somos en la realidad. Aquella sensación es
maravillosa. Cuando releemos lo que escribimos hace tiempo algo dentro de
nosotros parece transformarnos, nos recuerda que así es como fuimos, pero lo
mejor es que nos sonríe sabiendo que ahora somos mucho mejores.
Al poner un punto final, la
sangre aun corre con rapidez y un ligero dolor nos cruza las puntas de los
dedos, es entonces cuando comprendemos que acabamos de hacer algo increíble,
que logramos dejar una copia de lo que somos sobre el papel y entonces, un poco
mareados, sonreímos al pensar que eso es lo que buscamos, que por ello vale la
pena escribir.

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