Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

miércoles, 15 de agosto de 2012

El despertar imaginado


No puedo evitarlo. Me encanta pensar en cómo sería despertar a tu lado. ¿Te lo imaginas? Adoro pensar en la posibilidad de abrir los ojos y verte a mi lado, todavía con la cara dormida, pero alegre. En ese momento me olvidaría de todo que no tenga que ver contigo. Me dejaría capturar por tu mirada y perdería la noción del tiempo, comenzando a sonreír. Supongo que te sería imposible ver el resplandor que iluminaría mis ojos entonces. Seguidamente, mi corazón daría un vuelco y, solo entonces, comprendería que no lo cambiaría por nada. Me olvidaría de los restos de sueño aun presentes en mi rostro, ignoraría mi pelo revuelto y el ruido de los coches que se percibiría a lo lejos. Y  cuando el corazón me amenazaría otra vez con volver a salirse del pecho, te besaría. Y después… después te susurraría con otra sonrisa dibujada en los labios: “Buenos días”.

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