Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Cicatriz por sentir


En algún momento, con el paso del tiempo decides pasar la mano por las viejas cicatrices. Poco a poco los recuerdos resurgen entre las tinieblas y te atrapan en sus redes. Tratas de entender por qué vuelves a pensar en aquellos momentos que te destrozaron por dentro, pero no le encuentras lógica. Lo peor es que empiezas a comparar tu presente con los días pasados. Nada es lo mismo, las palabras que te dicen son completamente distintas y cuándo te lo planteas un filo de sangre recorre una de las heridas. Sabes perfectamente que no deberías hacerlo, pero aún con el riesgo de volver a caer por el precipicio del dolor lo haces.
Te planteas una única pregunta que abre otra herida. De nuevo, la voz de la razón te pide dejarlo estar, olvidarte de aquello y seguir adelante, pero ya es tarde. Todavía no sabes cuál es el motor de tus acciones, pero eso poco te importa.
Sabías que pasaría, pero te negabas a admitirlo. La cuestión planteada nunca tendrá respuesta y eso te hiere de nuevo. Comprendes que las cosas tienen una razón, pero en el fondo sabes que te volverás a plantear la misma pregunta con el tiempo, cuando otras palabras te evoquen los viejos recuerdos, cuando otra sonrisa te hará pensar en aquello que viviste, cuando otra canción te hará sentir cada cicatriz.

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