En algún momento, con el paso del
tiempo decides pasar la mano por las viejas cicatrices. Poco a poco los
recuerdos resurgen entre las tinieblas y te atrapan en sus redes. Tratas de
entender por qué vuelves a pensar en aquellos momentos que te destrozaron por
dentro, pero no le encuentras lógica. Lo peor es que empiezas a comparar tu
presente con los días pasados. Nada es lo mismo, las palabras que te dicen son
completamente distintas y cuándo te lo planteas un filo de sangre recorre una
de las heridas. Sabes perfectamente que no deberías hacerlo, pero aún con el
riesgo de volver a caer por el precipicio del dolor lo haces.
Te planteas una única pregunta
que abre otra herida. De nuevo, la voz de la razón te pide dejarlo estar,
olvidarte de aquello y seguir adelante, pero ya es tarde. Todavía no sabes cuál
es el motor de tus acciones, pero eso poco te importa.
Sabías que pasaría, pero te
negabas a admitirlo. La cuestión planteada nunca tendrá respuesta y eso te
hiere de nuevo. Comprendes que las cosas tienen una razón, pero en el fondo
sabes que te volverás a plantear la misma pregunta con el tiempo, cuando otras
palabras te evoquen los viejos recuerdos, cuando otra sonrisa te hará pensar en
aquello que viviste, cuando otra canción te hará sentir cada cicatriz.
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