Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Pequeñas dosis de él


El tiempo pasa. Hace un par de días que os veis, pero ya empiezas a pensar en él. Los recuerdos que parecen esperar a la mejor ocasión para sorprenderte vuelven a salir. Sientes cosas que dejaste olvidadas en un pasado cercano y vuelves atrás en el tiempo. Te sumerges de nuevo reviviendo aquellos instantes en los que le sentías a tu lado. Lo echas de menos. El deseo de verle se convierte en una necesidad con cada pasar de las manecillas del reloj. La impaciencia se hace cargo de la situación y luchas para poder aguantar un poco más. Nunca funciona, los recuerdos que sacas a luz no satisfacen tus ansias por verle. Sientes hundirte en un mundo donde el pasado manda sobre tu cuerpo.
Poco a poco sales a la superficie. La impaciencia persiste, pero hay algo nuevo que te hace olvidarte del pasado. El reloj reanuda su marcha aunque las manecillas pasen despacio ahora que sabes que pronto podrás verle. El ritmo de tu corazón delata tu ansia por besarle, pero no te importa. Ahora ya nada importa.
Tiempo después su aroma sigue impregnado en tu piel. Nuevos recuerdos han sido mezclados con los demás y una sonrisa aparece dibujada en tu rostro. Las cosas van bien ahora, aunque sea por un tiempo. Sabes que dentro de nada te hará falta otra dosis de él.

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