Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

domingo, 30 de septiembre de 2012

La huida perfecta


Sentir como un montón de pensamientos aleatorios retumban por tu cabeza. Subir el volumen y acelerar el paso intentando huir de la enorme avalancha de dudas que te persigue. Ver como poco a poco, los pensamientos se van callando mientras logras expirarlos al exterior. Coger una bocanada de aire fresco para recuperar el aliento, pero fracasar en el intento. Volver a acelerar el paso, sentir como el latido del corazón es cada vez menos definido. Suspirar al notar que algunas de las dudas siguen detrás de ti. Aumentar el volumen y aislarte de cualquier sonido proveniente del exterior. Seguir andando hasta que, poco a poco, estimes que ya no te quedan más pensamientos que expirar. Y, por último, sentir como la música va ocupando el espacio que dejan las reflexiones al fundirse con la letra que te va alejando del presente…

No hay comentarios:

Publicar un comentario