Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Piezas del puzzle


Cada instante, cada sonrisa, cada hecho, cada fallo suele construir algo único. La vida que vivimos se forma con las pequeñas cosas que ocurren cada día. Si lo pensamos el mecanismo que nos lleva hacia delante es muy simple, pero al fijarnos más detenidamente podemos observar como cada cosa suele parecerse a una pieza de puzzle que encaja a la perfección. Todo tiente su motivo que tarde o temprano terminamos descubriendo, mientras tanto hay algo que nos hace avanzar. Nos aventuramos en la búsqueda de una pieza que pueda dar por acabado el enorme rompecabezas al que le llamamos vida. Cuando completamos el desafío aparece una nueva pregunta. ¿Lograré mantener todas las piezas juntas? Pero eso tan sólo se puede descubrir con el tiempo, mientras tanto esperamos que los bordes entre las piezas se unan fuertemente. Las manecillas del reloj marcan la hora de la verdad mientras descubrimos que si faltase una única pieza el puzzle no valdría para nada, que en esa pieza tan valiosa está la clave de sentirse completo al fin. 


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