Te das cuenta de que no soportas
estar así, de que esa sensación está acabando con los restos del aire que te
quedan. Empiezas a ahogarte con la soledad mientras buscas un trago de aire
puro. Algo te oprime el pecho recordándote que nada de lo que hagas funcionará.
Lo más molesto está en tener que quedarse con esa sensación a solas. Puede que
no sea el aire lo que tanta falta que hace, es algo más complicado. Aunque no
se vea a simple vista puedes sentir el enorme agujero que se acaba de formar en
tu pecho. Quizá sea eso… que por mucho aire que inspires, este acabará saliendo
de los pulmones mientras que tú estés doblándote por falta de fuerza.
Empiezas a odiar esta sensación.
Cuando pensabas que habías dejado el dolor atrás, aparece uno nuevo, más
intenso que el anterior. No soportas tener que coger cada vez más y más aire
esperando llenar el vacío que se formó. Nunca funciona, pero sigues
intentándolo. Te preguntas si vale la pena seguir así teniendo que soportar esa
sensación.
En algún momento obtienes tu
respuesta y te convences de la certeza de tus decisiones. De repente, llega
algo que tapa el agujero por el que se escapaba todo el aire que inspirabas. Los
pulmones se llenan de aire puro y sabes que por ello vale la pena pasarlo mal,
que sólo de esta forma puedes apreciar lo que significa todo esto para ti. Y, entonces,
ya te da igual tener que ahogarte con la soledad si al final te prometen un
respiro de aire puro, de ese que suele revivirte de nuevo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario