Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

jueves, 11 de octubre de 2012

Detonación frenada a tiempo


Quizá la razón de la injusticia se encuentre en nuestras palabras. Quizá el momento en el que nos callamos las cosas cambian. Quizá cuando desviamos la vista la realidad se transforma. ¿Qué sucede cuando admites que todo podría haber ocurrido de otra forma? La mayoría del tiempo nos olvidamos de aquellas cosas sutiles que nos impiden ser felices del todo, pero en algún momento chocamos contra la dura superficie de la realidad al romper la frágil burbuja de la ignorancia. Nunca se sabrá quién tiene la culpa de las cosas.

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