¿Quién tiene la culpa de las
cosas que no dependen de nadie? ¿A quién puedes culpar cuándo nadie tiene la
culpa? Puede que la clave esté en aceptarlo y seguir adelante, pero casi
siempre nos quedamos mirando el pasado con el fin de descubrir una pobre explicación
que, de alguna forma, logre palear un poco la cicatriz que tanto daño nos hace.
La solución no está en buscar al culpable y mucho menos en culparte a ti mismo…
por desgracia, descubrimos un poco tarde que cada cosa de la que nos
reprochamos suele abrir nuevas heridas. Sí, puede que no guste buscar consuelo
en los demás, pero no hay que encerrarse en sí mismo esperando una explicación milagrosa
que logre arreglar lo que se estropeo de repente. Piensa que cada cosa, por muy
desagradable que sea tiene una razón, una razón que puedes no descubrir, pero
lo que importa es que sepas seguir adelante aceptando las cosas tal y como son.
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Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

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