La sensación de angustia aprieta contra el pecho. El aire sale disparado
pausadamente y parece que en cualquier momento perderás el control. El corazón
late con fuerza bombeando sangre hasta cada rincón de tu cuerpo. Sientes como
la desesperación te rodea con sus brazos y comienzas a buscar un modo de
escape.
Hiperventilas, te preocupas de lo que puede pasar mientras un montón de
pensamientos autodestructivos forman una colmena en tu cabeza. Quieres
desprenderte de la sensación de impotencia que poco a poco precipita en tu
pecho.
Lo piensas, sientes el agobio que cual humo arrollador te oculta de la
vista de los demás. Cada pensamiento lanzado al futuro es como una esperanza
caducada. Aun angustiado miras atrás y ves que el miedo te impide frenar. Tu
respiración se acelera, pierdes el sentido de la orientación.
Buscas desesperadamente una solución sabiendo que está enterrada bajo una
urna de hipótesis sin quemar. Tienes que apartar de ti esos pensamientos que
pueblan el temor en tu corazón. Sabes que sin ellos la esperanza recobraría su
pureza habitual y podrías seguir.
Te centras en escuchar tu respiración, haces caso omiso a los
planteamientos envenenados por el miedo, sientes como comienzas a recobrar la
fuerza. El corazón late más despacio, filtrando todas las mentiras susurradas
por la suposición. Te tranquilizas cuando consigues ver que detrás del miedo se
dibuja un camino que hace poco recorriste. Visualizas todos los obstáculos que
superaste, recuerdas la sensación de desesperación… Te recobras por completo al
pensar que se trata de tu último esfuerzo actual. Y cuando los hirientes
pensamientos dejan de provocarte con su murmullo, percibes una nueva voz
lanzada de la oscuridad. Una melódica señal asegurándote que tú tienes la
capacidad para conseguirlo.

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