Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

lunes, 18 de junio de 2012

Las sombras de la noche


Nunca pensé que se podía intentar evitar algo con tanta fuerza. He empezado a odiar esa sensación que me persigue cada noche. Me recuerda a un remolino que logra arrastrar todo a su paso, incluyéndome a mí. No puedes huir, tan solo puedes confiar en que, por una noche, las sombras que forman el miedo se alejen de ti. En el mundo de los sueños nadie puede ayudarte, te quedas a solas con tus temores.
De nada sirve despertarte a las tantas y comprender que todo fue una grotesca fantasía. En esos instantes te sientes aislado del resto. Esa es la sensación que odias, a pesar de todo, necesitas que alguien te diga que todo formó parte de un sueño, te hace falta una afirmación ajena para lograr correr un velo tras la pesadilla que logró hacerte replantear tu respiración.

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