Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

sábado, 16 de junio de 2012

Gracias


Me ayudaste a reconstruirme cuando estaba rota, cuando pensaba que las cosas que no cambiarían para mí, cuando me estaba acostumbrando al sufrimiento habitual comenzando a aceptarlo como parte de mi día. Supiste levantarme y darme una razón para seguir en pie. Me diste esperanzas cuando pensaba que ya no valía la pena respirar. Me tranquilizaste cuando estaba nerviosa al no poder reconstruir mis ilusiones. Me regalaste aliento cuando el aire que respiraba llevaba demasiado dolor disuelto. Me diste la mano para poder acompañarme en mi camino. Me enseñaste a apreciar cada segundo que paso a tu lado. Me explicaste el valor de la verdadera felicidad. Me ilusionaste de nuevo. Me demostraste que las cosas se habían arreglado mientras me recordabas como se sonreía de nuevo. Me diste seguridad cuando más lo necesitaba, pero sobretodo, me diste tu amor. Y en cada instante me pregunto cómo puedo agradecerte que me hayas devuelto la felicidad. Te amo.


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