Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

jueves, 28 de junio de 2012

El límite de lo infinito


Consigues estar en cada rincón, cada pensamiento lleva hacia ti y yo tan solo puedo sorprenderme de esa extraña facilidad con la que empiezo a sonreír entonces. Nunca me había sentido así, en esos instantes la felicidad me desborda. Es como tocar el cielo con la punta de los dedos, como rozar el límite de lo infinito sin moverte del sitio, es transportarte a un lugar donde no hay nadie más que vosotros dos, es respirar sentimientos.

Son recuerdos que consiguen elevarme por encima del suelo…nunca seré capaz de describirlo y eso me fascina. La complejidad de los sentimientos me hace querer descubrir cada detalle de ellos, cada matiz que parece escapar a los sentidos de alguien que vive demasiado deprisa para experimentar el paso de emociones a través de su piel. Las sonrisas se filtran, van acumulándose, recordándote que las cosas van bien en tu pequeño mundo, y sonríes como lo hacías antes.
En algún momento debes regresar a la realidad, descender y volver a tocar el suelo con los pies mientras cierras el frasco de los recuerdos que con una sola mención pueden traerte la felicidad más verdadera,  esa que jamás experimentaste antes.

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