Muchas veces nos olvidamos del paso del tiempo, dejamos de comprobar el
estado de algunas heridas del pasado y nos dedicamos a ser felices. Seguimos
llevando una vida normal esperando que poco a poco el dolor vaya cesando,
entonces llega un momento en el que no nos volvemos a fijar en las secuelas del
pasado. La cura encerrada en el reloj funciona bien, aunque quien sabe si
realmente es así.
El pensamiento tan buscado anteriormente llega de sorpresa y te encuentra
desprevenido. Puedes estar pensando en cualquier cosa, aunque por muy remota
que sea, ese pensamiento inimaginable te apresará.
Cuesta pensar que ha sucedido realmente, el aturdimiento es mucho mayor
cuando compruebas la certeza de aquello que acabas de pensar. Te acabas de dar
cuenta de algo inesperado. Por un breve segundo dejas de respirar, temes
admitir que aquello te fue soñado. Pero no, la sensación de alivio persiste.
Sientes como el dolor desapareció, los recuerdos han perdido su intensidad
y algunos retumbos ya no hacen daño. Algo cambió, llegó eso que tanto tiempo
esperabas, por fin, pasó.
Los corazones se curan cuando dejamos de comprobar el estado de la herida,
cuando dejamos de recordar para volver a crear nuevos recuerdos, cuando te
ilusionas de nuevo, cuando sabes que el pasado ya nunca más volverá a hacerte
daño, cuando te diriges con paso firme hacia el futuro sin pararte a pensar en
lo que dejas atrás.
La cura llega en el momento menos esperado, y entonces te das cuenta de que el pasado ya
no te hace daño, admites que tu única preocupación es la de conservar esa
felicidad tan anhelada.

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