Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

miércoles, 11 de abril de 2012

Cuando los corazones se callan

Entre los sonidos de un latido siempre quedará un silencio, un instante apenas perceptible para algunos, un momento que dura apenas una milésima de segundo capaz de marcar distancias. Entre los latidos está ese vacío que consigue hacer olvidarnos de todo porque  al hablar las palabras retumban y no llegan a pronunciarse ahogándose en la oscuridad. Todo se vuelve mudo, el corazón pierde el sentido de su aleteo y comienza a callarse. Muchos se preguntan por qué es así. ¿Por qué la vida no podía consistir en tan solo un latido? ¿Para qué existen esos silencios que muchas veces nos hacen creer que todo el mundo se ha callado, cuando nos parece que un latido dura una eternidad? Y solo algunos, aquellos que han escuchado a su corazón romperse en millones de pedazos, lograron entenderlo.

Esos silencios huecos, esos vacíos sin vida están allí para servir de partitura a otros corazones, esos que perdidos entre las afonías no saben cómo proseguir. Con el tiempo, esos dos corazones aprenden a latir al compás, entonces se crea una sinfonía de latidos con un ritmo marcado que termina uniendo a esa gente. Los vacíos se acaban y comprendes que tu corazón se calla solo para que el otro le conteste a su reclamo. La melodía es difícil de descifrar, aunque si te acercas y escuchas atento, puedes percibir cómo en cada latido está grabado un te quiero.

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