Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

viernes, 6 de abril de 2012

Mentiras inyectadas

Comencé a luchar contra las falsas promesas después de probar el amargo sabor de la decepción que se difunde lentamente por todo el cuerpo envenenando el corazón, matando la confianza… La sensación de engaño persiste en el tiempo y las mentiras inyectadas a las palabras todavía retumban en la cabeza. Duele comprender que estabas equivocado, que tienes que recoger las ilusiones rotas del suelo y decidir si quieres reconstruirlas, tener que mirar a los ojos y ocultar la decepción. Evitar las lágrimas e intentar no volver a caer, sabiendo que nunca podrás cumplirlo. Saber que de ti tan solo dependen tus palabras, que tan solo puedes preocuparte por cumplir tus propias promesas. Es irónico, pero tras un tiempo de continuas decepciones, se te hace más fácil defender aquello que dices, porque ya probaste el veneno de la mentira, porque sabes lo que duele cortarse con las ilusiones a las que esperabas infundir vida.

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