Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

domingo, 22 de abril de 2012

Lucha a ciegas


Hay situaciones en la que no sabes que sentir, todo es demasiado confuso y te falta información. Dejas de razonar con calma e intentas encontrar una explicación. Puede que este mal dejarse llevar por la preocupación que invade tu cuerpo, pero ¿qué otra cosa puedes hacer? ¿Cómo puedes obligarte a callar tu inquieto corazón?

 El dolor siempre es y será siendo una amenaza para nosotros, pero ¿qué ocurre si no sabemos contra quien estamos luchando? Es una lucha contra lo desconocido y, sinceramente, las posibilidades de ganar con los ojos cerrados son muy pocas.

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