Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

lunes, 9 de abril de 2012

A precio de oro

¿Cuál es el precio de la comprensión? ¿Qué tienes que hacer para que alguien se sienta identificado con lo que sientes? ¿Acaso es tan complicado ponerse en el lugar de otro sin ningún tipo de prejuicio? Al analizar la situación actual, supongo que sí, es así… Quisiera poder hacer algo para cambiar, para enseñar a algunos a olvidarse de la primera impresión y emplear su voluntad para descubrir cómo es alguien en realidad. No creo que sea tan difícil, aunque ¿Quién sabe?
Solo podemos estar seguros de aquello que sentimos y tener claro que, muchas veces, no podremos transmitir con todo detalle aquello que sentimos en realidad. La mayoría de la gente no es  capaz de ponerse en la piel del otro para saber lo que experimenta, tan solo se prepara para transmitirle su opinión, para mostrar el mundo tal y como ella lo ve sin pensar que el otro, aun sin éxito, trata de hacer lo mismo.
Hay veces cuando intentamos explicar lo que sentimos y no somos comprendidos, entonces se acaba la paciencia, dejamos de insistir y bajamos la vista que trataba, sin resultado, de dar a conocer lo que nos pasaba. Ya no importa, dejamos de intentarlo y sentimos como la lucha contra la incomprensión fue ganada por la falta de voluntad, o quizá por la falta de claridad en la explicación… ¿Quién sabe? Tan solo podemos dejarlo pasar y esperar que la situación no vuelva a repetirse.

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