Recuerdo cuando estaba a punto de rendirme, aún me asusta pensar en lo que
podría haber pasado si no llego cambiar de decisión. Pasó mucho tiempo desde
entonces, pero un pensamiento se quedó grabado en mi mente. Me imaginé que todo
el dolor me serviría para mi futuro, para hacerme más fuerte y para que pudiera
seguir luchando. Agradecí no haberme rendido en ese instante en que el ya no me
quedaba esperanza. Dicen que la esperanza era lo último que se perdía y tienen
razón. Renunciamos a seguir creyendo cuando nuestro corazón deja de latir. Lo que
la gente no dice nunca es que la esperanza, siendo la última al marcharse,
también es la primera al volver. Es ella la que nos infunde vida de nuevo…
Comprendí que habían cosas que era mejor no aprender y, de alguna forma, me
hice un juramento, quise alejar el dolor de las vidas de la gente. Ahora siento
el peso de la promesa, cuando noto que me fallan las piernas de tanto caminar,
cuando me quedo desmotivada aun sabiendo que debería seguir.
No, no quiero rendirme porque anhelo hacer un cambio, da igual lo
insignificante que sea, es solo que deseo romper las reglas de la injusticia para
que la gente pueda creer en que las cosas no van tan mal cómo les parece. No,
esto no es una declaración de intenciones, ni una busca de mérito por mi
objetivo… es solo que me falta fuerza para avanzar y el mejor modo de motivarme
es recordar por todo lo que pase, pasar la mano por todas las cicatrices que me
hice al decidir seguir este camino y pensar en toda esa gente a la quiero
ayudar, porque de un modo u otro, conseguiré salir adelante, porque puede que
lo que me de esperanza en su mayor grado sea saber que no lo hago solo por mí,
sino que lo hago por los ellos.

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