Hoy es uno de esos días melancólicos en los que te sientas al lado de una ventana con un chocolate caliente y comienzas a reflexionar. Miras las gotas deslizarse por el cristal y como el viento se lleva cada vez más hojas de los árboles…es algo normal, algo a lo que la gente está acostumbrada porque ya no se da cuenta ni de los giros que da la hoja en el vuelo ni de la gente que pasa por la calle intentando huir de la lluvia. Puede que sea aburrido y sin sentido, pero me encanta ver llover, el sonido de las gotas cuando rebotan contra hojas o cristales me consigue transportar al pasado, a esos tiempos en los que aún no sabía que dentro de nada sería engañada, traicionada u odiada sin motivo por alguien, es irónico, pero aun haciéndome daño, me gusta acunarme en ese mundo de recuerdos. Es inverosímil…pero me consigue recordar que estoy viva; por un momento siento de nuevo todas esas lágrimas de alegría o las heridas que consiguieron desgarrarme el corazón. Puede que sea eso, que necesite ver llover para darme cuenta de que todavía soy capaz de recordar el pasado, de ver que los recuerdos permanecen conmigo…
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Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.
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