Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

sábado, 31 de marzo de 2012

Al otro lado del miedo


El miedo, un sentimiento tan extraño capaz de asustarnos con tan solo su mención, con solo pronunciarlo, susurrarlo, pensarlo…podemos crear enormes sombras que se alimentan con dudas, que crecen de forma rápida hasta que comienzan a oscurecer tu mundo. La gente suele evitar esa sensación, huir de ella y no pensar en lo que puede pasar, aunque creo, que ese mismo sentimiento nos puede ayudar a valorar lo que tenemos.
 Pequeños temores no tienen por qué hacer daño, tan solo nos muestran la preocupación por aquello que más nos importa. Aprendemos a cuidar lo que tanto nos costó conseguir y a seguir adelante defendiéndolo de la oscuridad de las inseguridades. Hemos aceptado el temor cómo algo malo, algo con lo que no se puede vivir, en mi opinión, es otra sensación que nos puede justificar que estamos vivos, aferrarnos a los seres vivos que tanto significan para nosotros y abrazarlos con fuerza. El miedo puede hacernos temblar bajo el peso de la duda del futuro, aunque también puede enseñarnos a valorar las cosas que tenemos, intensificar las miradas, alargar las despedidas, expresar lo que sentimos, prolongar los besos y, sobretodo, hacernos más fuertes cuando las inseguridades se dispersan en tu mundo saturado de felicidad.

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