Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

sábado, 17 de marzo de 2012

Cambio a mi escala mundial

Y algo falta, supongo que el amor es el ingrediente indispensable para la felicidad. Los besos se dulcifican, los abrazos transmiten calidez indescriptible y cada palabra parece tallada a mano quitándole, de esa forma, los bordes afilados que muchas veces nos consiguen arañar el corazón. Lo único que queda es el recuerdo que consigue estar presente en cada suspiro. Competimos con los sueños para intentar demostrarnos la realidad vivida mientras que el tiempo fluye sin parar. 
Algunas veces miramos hacia atrás, nos extrañamos del cambio de perspectiva y seguimos avanzando saboreando cada sonrisa después de recordar como se siente ser feliz de nuevo. Cuando algo cambia, el mundo en su totalidad parece temblar, intentamos arreglarlo con nuestro esfuerzo porque sabemos que la falta de estructura estable hace que todo se desmorone. Conocemos muy bien esa sensación de miedo frente a lo que puede pasar, aunque ahora, caminamos hacia delante con pasos firmes.

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