Podría intentar expresar todo lo que siento, pero me faltarían palabras. La realidad es mucho más compleja que la que se puede reflejar con una descripción llena de adjetivos. Supongo que eso es lo que hace que la vida sea tan interesante. Tratamos de explicar las cosas que sentimos, de describir cada latido de nuestro corazón o el sabor de aquel beso que todavía recordamos. Tratamos de comprender el sentido de la vida y simplificar las cosas aun sabiendo que nos encanta la complejidad. Pasan los años y tarde o temprano admitimos que no vale la pena intentar descifrar la realidad, es mejor, sentirla. Disfrutar cada segundo mientras pones un sentimiento en cada beso, cada abrazo o una simple mirada.
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Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

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