Aún no me acostumbro a sentir el contacto de tu piel, por eso me estremezco cada vez que nuestras manos se rozan. Entonces bajo la vista e intento disimular mi sorpresa al ver que el espacio entre mis dedos está medido a la perfección para enlazarse con los tuyos. Me siento tan frágil al mirarte a los ojos que muchas veces me veo obligada a desviar la mirada esperando no perder el control y ponerme a temblar. La calidez de tu cuerpo me consigue transmitir seguridad, quizá por eso me sea tan difícil despedirme de ti después de estar a tu lado durante un tiempo que me parece un simple instante fugaz, una chispa de felicidad dentro de un pozo de rutina. Me preguntas por qué salto risueña. No lo sé, quizá porque espero comprobar que el suelo sigue bajo mis pies, ya que después de cada beso me elevo por encima de las nubes, susurrando para mis adentros, pidiéndo con fuerza que esto no sea un sueño.
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Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.
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